Oxford

Tras superar los exámenes de entrada a la universidad de Oxford empezó una de las etapas más entrañables de mi vida. Los años que pasé en Magdalen College fueron muy felices, una oportunidad de convivencia, de aprendizaje académico y vital y de disfrute de un entorno bellísimo. También fueron años de aprendizaje emocional intenso, porque en mi college convivíamos estrechamente un grupo relativamente pequeño de personas con intereses y contextos culturales variados e intensos. A menudo he echado de menos la mezcla ecléctica e intensa de intereses e intercambios que pude vivir en aquél lugar.

Allí conocí personas, compañeros y maestros, académicamente brillantes y aparentemente dispuestos a descubrir y a compartir las respuestas a las preguntas básicas que se plantean los seres humanos acerca del significado de la vida. Recuerdo aquellos años como el inicio brillante y heterodoxo de la vida, un momento en que todo era alcanzable y las posibilidades se nos antojaban ilimitadas. La juventud parecía limar diferencias y abrir todas las puertas. Pero no éramos todos iguales, ni mucho menos. En retrospectiva, puedo ver claramente cómo la educación y la genética que cada uno aportábamos marcaba desde el inicio, y de forma muy decisiva, nuestros caminos. En poco tiempo, apenas dos o tres años, pasamos de tener una hoja en blanco sobre la cual poder escribir libremente a ser, evidentemente, prisioneros y a veces víctimas de nuestros condicionantes emocionales y sociales. Aunque pareciera que todos teníamos oportunidades similares, en realidad cada uno traía consigo, obstinadamente, determinados condicionantes que nos hacían tropezar en obstáculos que podíamos haber evitado pero a los que no nos sabíamos enfrentar.
En la capacidad de planificar y administrar nuestros recursos emocionales estábamos en general mal preparados. Nuestros conocimientos académicos, acumulados a lo largo de muchos años de formación, no servían para enfrentarse a la tarea común e inevitable de vivir la vida. Pocos, muy pocos, parecían saber adónde se dirigían y por qué. Casi ninguno parecía poseer sabiduría innata o tener siquiera metas definidas. Y de esos pocos, la mayoría lo hacía guiado por normas sociales y morales ajenas, que probablemente les estaban evitando el difícil trabajo de enfrentarse a la vida y tomar sus propias decisiones con valentía. Es decir, con inteligencia emocional. A pesar de las admoniciones de filósofos de todo tipo, desde Sócrates a Kant, pocos parecían dispuesto a indicar con claridad qué hacer antes de encontrar la paz y felicidad que de pequeños, si somos buenos, nos prometen insistentemente. Tal vez lo más llamativo de las enseñanzas de muchas filosofías y religiones del mundo podría confundirse, para el lector distraído, con la renuncia absoluta y terminante a cualquier tipo de deseo y anhelo. Me confieso una lectora decididamente distraída. Por desgracia, a todos se les olvidaba explicar, exactamente, cómo puede renunciar a los deseos quien está vivo y construido del material de los sueños y de las emociones. Quien se resiste a la resignación y la pasividad. Quien quiere plantar batalla a los demonios del miedo, de la frustración y del dolor.

www.ox.ac.uk
www.magd.ox.ac.uk
en.wikipedia.org


Send your message