Nueva York

Es, sin duda, una de mis ciudades preferidas. Recuerdo con claridad la sensación que sentí al aterrizar, por vez primera, en Nueva York. La mañana estaba despuntando en el aeropuerto y llenaba las calles grises y desaliñadas de las pistas de aterrizaje de una luz naranja y cálida. Fue amor a primera vista: sabía que estaba trabando mi primer contacto con un lugar que no me iba a dejar indiferente. Tras abandonar el aeropuerto, camino de Manhattan, bajé la ventanilla del coche para llenarme de la energía ecléctica y brusca de la ciudad. Todo era grande, insolente, radiante. Sentí la emoción de Nueva York antes siquiera de conocerla.
Encontré mi lugar rápidamente en esa ciudad abierta y llena de oportunidades. De aquella época recuerdo con cariño incluso los ratones con los que, casi inevitablemente, hay que compartir techo en los apartamentos de la Gran Manzana… y desde luego no faltaban en casa, ¡supongo que atraídos por los cubos de basura que se amontonaban frente a la puerta de casa! Cada día traía algo nuevo en Nueva York. Las personas, diversas y aceleradas, llenaban los rincones de la vida por sorpresa. En una ciudad donde el tiempo late tan deprisa, donde hay tanto que hacer y por descubrir, las convenciones sociales se encogen y permiten trabar amistades sin tomar aliento. Es una vida intensa, acelerada, agotadora.


