LA ESCUCHA REFLECTIVA

LA ESCUCHA REFLECTIVA

Para la convivencia pacífica entre personas, una de las herramientas
más eficaces y más sencillas de aplicar es aprender
a escuchar a los demás. Cometemos errores básicos cuando
escuchamos mal a los demás y esto nos impide con casi toda
seguridad resolver el conflicto, o peor aún, crea una esca-
lada del conflicto que podía haberse evitado aplicando algunas
normas básicas, contenidas en la llamada escucha reflectiva.
La escucha reflectiva está basada sobre la empatía y el respeto.
No hace falta que exista un conflicto para utilizar este
tipo de escucha. Sólo pretendemos trasmitir al otro empatía
y respeto y darle la oportunidad de expresar su postura o sus
sentimientos cómodamente.

Para escuchar de manera atenta a otra persona nuestro
lenguaje corporal será elocuente: mantenemos una distancia
prudente, nuestra mirada está relajada y nuestro silencio
es atento. Al final de la escucha es importante reflejar objetivamente
lo que hemos escuchado, tanto los sentimientos
de la persona como su motivo objetivo de queja: «Entiendo
que me estás diciendo que estás dolido porque en los últimos
tiempos ya no voy al parque contigo y viajo mucho».
Reflejamos, pues, de forma condensada tanto el contenido
objetivo como las emociones que expresa nuestro interlocutor
(en este caso está dolido porque no le dedicamos el
tiempo al que lo teníamos acostumbrado). Si tenemos dudas,
o si al otro le está costando expresarse, podemos hacer
preguntas abiertas (es decir, aquellas que no implican una
respuesta «si o no»): «¿Cómo te sientes cuando me voy de
viaje?».

Lo más importante en la resolución de cualquier conflicto
es articular de forma clara aquello que realmente ha causado
el conflicto para delimitarlo y centrarse en ello. Si nuestro
interlocutor se siente escuchado, también se sentirá
confortado y respetado. Su integridad emocional no se verá directamente
amenazada. Si hay un conflicto, éste no escalará
de forma tan fácil.
Si reflejamos objetiva y exclusivamente el tema tratado,
los sentimientos implicados y los valores que son importantes
para nuestro interlocutor, éste se sentirá escuchado de
forma constructiva. Estaremos marcando una lista de prioridades
en la que podemos empezar a trabajar de forma conjunta.

Si nos fijamos en cambio, como puede ocurrir fácilmente
durante una discusión, en las «amenazas» del interlocutor
—aquello que dice fruto de la frustración, pero que en realidad
no pertenece a la causa primera de su ira— nos perderemos
en cuestiones que no son las principales y que no ayudan
a resolver el problema, sino que lo escalan y nos alejan de su
resolución pacífica.


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