Transformar la Escuela

Un mundo mejor no depende tanto de mejores principios, sino de mejores personas.
Nel Noddings.

Acabo de regresar de un pequeño periplo que incluía la presentación del Informe sobre Educación Emocional y Social en Santander -podéis consultar este magnífico informe en la página web de sus promotores, la Fundación Marcelino Botín, educacion.fundacionmbotin.org -y la conferencia inaugural, al día siguiente, del Máster de Gestión Emocional de la Universidad de Barcelona. En los dos lugares, Santander y Barcelona, asistían a los actos numerosos maestros. Conocer y escuchar a algunos de ellos, sentir que compartimos un deseo profundo- apoyar y ayudar a nuestros niños para dar lo mejor de sí mismos- ha sido una experiencia muy emocionante. Me quito el sombrero ante su dedicación y pasión. Ellos están en el aula, solos frente a su responsabilidad y conocen el peso que su forma de educar puede suponer en la vida de estos niños, para bien y para mal. No intentan esquivar esta responsabilidad, sino que muchos se entregan a ella con una dedicación admirable.

¿Dónde está el apoyo de nuestras administraciones, de nuestra sociedad, a la labor del maestro? Debemos reconsiderar este tema de forma urgente. Sugiero algunas ideas y prioridades: poner en marcha una excelente y contrastada formación de formadores; un observatorio independiente que difunda la importancia y los resultados de la educación emocional y social en las escuelas y que pueda asesorar a los distintos colectivos interesados en aplicar estos programas; dotar a las universidades y profesionales de apoyo para la evaluación independiente de los programas existentes y para el desarrollo y adaptación de modelos coherentes; apoyo a los padres para que la labor entre escuela y padres sea coherente; y dotar a las escuelas y a los maestros de los medios necesarios para llevar a cabo esta revolución social y educativa, que nuestros hijos merecen.

Necesitamos transformar en las escuelas los modelos caducos que no saben ayudar a nuestros hijos a transformarse en adultos que se conocen a sí mismos, capaces de enfrentarse a los desafíos de la vida, de mantener relaciones fructíferas con los demás, de convivir y resolver conflictos de forma pacífica, de tomar decisiones responsables, de contribuir y sentirse parte de la comunidad que les rodea. Esto no se aprende de forma abstracta, abriendo un libro de texto y memorizando algunas normas de conducta. Se aprende en escuelas cálidas y seguras, que predican con el ejemplo, que practican a diario y en todas las clases formas constructivas de relacionarnos, que se preocupan del bienestar y de la alfabetización emocional de nuestros niños adoptando programas secuenciados y científicamente evaluados. Solo así podremos formar a personas responsables y libres, y fomentar además su desarrollo intelectual.

Podemos aprender a odiarnos, y también podemos aprender a respetarnos e incluso a amarnos. Pocas prioridades tan urgentes tenemos como esa.