El gen infiel

En Suecia han descubierto un gen del que son portadores 2 hombres de cada 5. Según el estudio, la hormona vasopresina, producida de manera natural y administrada por este gen alelo 334, afecta la capacidad de los hombres portadores “de garantizar una relación estable". Por ello se ha bautizado este gen como el “gen infiel”.

Me llama la atención que seamos tan rápidos a la hora de buscar culpables a la infidelidad y a la inconstancia. Nos queda tanto todavía por descubrir acerca del cerebro – este gen en concreto afecta directamente la actividad cerebral- y acerca de la repercusión de los genes en nuestro comportamiento, que el propio descubridor del gen ha insistido en que éste no puede esgrimirse para justificar un comportamiento infiel o inconstante. “Lo siento, cariño, es que debo tener el alelo 334” no sirve como excusa. Con o sin gen, constatamos una vez más que no hay receta segura para vivir inmunes al dolor y la traición. Dependemos de mucho más que de un gen infiel.

Pero los humanos siempre buscamos certezas, y chivos expiatorios culpables cuando éstas nos fallan. Nuestro cerebro se siente vulnerable y se empeña en refugiarse en la seguridad, a veces a cualquier precio. En pocos campos nos aferramos tanto a la necesidad de sentirnos seguros como en el amor. Y como bandera visible del amor, hemos elegido el sexo, esté o no a la altura de las circunstancias. Es una de las prioridades admitidas y perseguidas en una sociedad que prima la acumulación de bienes y de placeres. Hemos convertido en sexo en sinónimo de satisfacción, éxito, juventud y atractivo personal. ¿Por qué?

De entrada, se me ocurren algunas razones poderosas. En primer lugar, el sexo es un instinto parecido al hambre y lo podemos saciar con relativa facilidad. Otra razón que transforma el sexo en una experiencia deseable es que cuando estamos enamorados, no solo nos proporciona placer, es además una expresión muy directa del amor. Es relativamente sencillo, al margen de las engorrosas palabras y de los gestos diarios hirientes, deponer las armas regularmente para expresarle al otro amor. Solo amor. Sin palabras, sin barreras, sin desconfianza. La comunicación sexual puede ser muy reconfortante y contundente.

Cuando el sexo falla, sin embargo, se convierte para muchas personas en algo peor que una tara moral o física. Hablamos entonces de los “matrimonios amigos”, aquellos en los que el sexo no existe o es simplemente simbólico. Parece, a tenor de los últimos estudios, que en Europa al menos hasta un 20% de las parejas admiten que viven así. Para los demás, la rutina de la vida diaria, la sensación de conocerse demasiado bien, el aburrimiento, el estrés y el cansancio, la falta de intimidad que suele entrañar la vida familiar y una escasísima educación afectiva desde la infancia, van minando en muchos casos la comunicación emocional y sexual. El sexo y la pareja de larga duración no suelen ser fácilmente compatibles. La necesidad de sentirse deseable y de experimentar el vértigo de la relación sexual suele ser el motor de las infidelidades, probablemente en mucha mayor medida que el alelo 334.

En países como Japón, que provienen de una tradición de matrimonios pactados en el que priman conceptos poco románticos como la paciencia y la solidez familiar, las personas reconocen que hasta un 40% de matrimonios viven sin sexo. Parece ser que lo sustituyen, en el caso de los hombres, con una actitud tolerante hacia la prostitución, y por parte de las mujeres, con frustración y soledad afectiva. Tampoco es un panorama demasiado alentador.

A pesar de la fragilidad del deseo y de la soledad en la que la exclusividad sexual y emocional pueden encerrar a las personas, defendemos la fidelidad sexual con uñas y dientes. Podemos aceptar que durante años la pareja se haya refugiado en fantasías secretas o en la indiferencia hacia la pareja, pero es la infidelidad física la que se teme y se castiga. Aunque lo cierto es que el sexo ocasional no suele proporcionar más que un subidón químico pasajero. La comunicación profunda y emotiva se da con mucha menos facilidad. Pero podemos controlar y reprimir la relación sexual. Lo otro, el sentimiento, la fusión, la ternura, no tiene dueño ni admite control.

Las medias tintas son complicadas en lo emocional. La ternura y la complicidad son claves en el amor y alimentan lo que probablemente realmente anhelamos del sexo: la intimidad y la fusión con otra persona. Escapar, por un momento, de las garras de la soledad. Saber que hay en el mundo con quien vivir y con quien morir. Las raíces del amor romántico son difíciles de arrancar de nuestra psique porque hunden raíces profundas. Tal vez por ello las estadísticas revelan que si pudiéramos elegir entre amor y sexo, elegiríamos, casi siempre, el amor. Aunque no siempre podamos.